¿Qué tendrán los bebés…?

¿Qué tendrán los bebés…?

¿Qué tendrán los bebés que nos vuelven tontos?

¿Qué tendrán los bebés que nos hacen perder la vergüenza y convertirnos en artistas, ventrílocuos, cantantes, actores, bailarines o magos?

¿Por qué cada vez que interactuamos con un bebé modificamos nuestro tono de voz, ponemos caras extrañas, hacemos ruidos inexplicables y decimos cosas incomprensibles?

¿Qué nos harán los bebés que independientemente del sexo, raza, partido político, religión o procedencia, sacan al niño que llevamos dentro?

Llevamos 4 años viviendo en el mismo barrio. Acabamos de ser padres y en los últimos dos meses hemos conocido a más personas que en el resto del tiempo que llevamos aquí. Nos para todo el mundo.
Que si cuánto tiempo tiene, que si cómo se llama, que si duerme bien, que si se parece al padre, que si es igual que la madre… Y nadie se despide sin antes dar algún consejo (hayan sido o no padres). “Disfrutad que se pasa volando”, “no le acostumbréis a los brazos”, “recuerdo cuando los míos eran así, ¡cómo lo echo de menos!”… Y siempre hay alguno que antes de irse lanza la temida pregunta “¿y para cuándo el siguiente?”, ante la cual mi mujer reacciona con una expresión de terror…
También hay muchos que no te paran, pero que cuando se cruzan con el carrito se dan la vuelta con el reojo para ver al bebé. Como si a los padres les molestase que mirasen a su bebé. Dan ganas de decirles, “no se preocupe, mire, pregunte, compare y dé consejos. Hoy ya llevamos 56”.

Y no es que se tomen mal, sino que entre las tomas (bien de pecho o de biberón), las cacas, los baños, los llantos, los mocos, los vómitos, los cambios de modelito por si hace frío o hace calor, o, vaya, se ha manchado, a volver a empezar.
Salimos a dar el paseo en el único ratito tranquilo que hay, pero que hay que aprovechar para ir a la farmacia, a hacer la compra, al banco, al tinte… que lo que iba a ser media hora se convierte en hora y media, y que hay que abandonar el carro de la compra a medio llenar porque se ha puesto a llorar desconsolada y le toca comer.

¿Qué tendrán los bebés que en cualquier reunión familiar, de amigos o de trabajo se convierten en el centro de atención de todas las personas? Son el foco de las miradas, de la conversación y de los deseos por cogerle, a lo que algunos dicen aquello de “a mí es que tan pequeños me dan respeto”.

El caso es que siempre me había llamado la atención el poder de los bebés, pero ahora que soy padre y lo vivo con el mío realmente me deja obnubilado. Sobre todo porque su poder conmigo es descomunal, y logra convertirme en el más bobo, el más ganso, el más actor, el más cantante, bailarín o ventrílocuo de todas las personas que nos hemos cruzado.

Y sinceramente, viendo todo esto y observando las reacciones de unos y otros, sólo llego a una conclusión: Es por su sonrisa.

La sonrisa de un bebé es el mayor premio que podemos recibir, y que nos lleva a perder nuestras vergüenzas para hacer las cosas, caras y ruidos más extraños que nos podemos imaginar con tal de que nos recompensen con ese preciado tesoro.

Es sincera, repentina, fugaz, no forzada, sin compromiso, no lo hacen por quedar bien ni por educación, se la regalan a quien quieren y cuando quieren, es honesta y transparente, no juzga… y al que la recibe le hace sentir un instante de felicidad. No hay más que verlo en nuestras caras cuando un bebé nos regala su sonrisa. Nos encoge el corazón.

Si os cruzáis con nosotros, paradnos a decirnos a quién se parece, dadnos algún consejo, hacedle la mejor cara que sepáis a nuestro bebé… y ojalá os regale una de sus maravillosas sonrisas.

Javier Frías
Papá principiante